lunes, 26 de abril de 2010

SIEMPRE ES BUENO RECORDAR ALGO DE HISTORIA


Sentimos no disponer  de una  mejor imágen de esta singular mujer. Se trata de MARIA ELENA MASERAS I RIBERA (1853-1900). Su inclusión en esta entrada responde a dos motivaciones. Por un lado su trayectoria vital es lo suficientemente interesante para merecer ser visibilizada en esta bitácora. En segundo lugar porque el pasado 8 de marzo se cumplen cien años de la Real Orden  del año 1910 del Ministerio de Instrucción Pública por el que se permtitía "la admisión de mujeres en todos los establecimientos docentes". Este motivo nos lleva a recordar cuán dificil era la situación de las mujeres de finales del siglo XIX  y principios del XX para acceder al derecho a la educación.
Recordemos pues.
En 1841, Concepción Arenal acudía como oyente a la Facultad de Derecho de Madrid disfrazándose de hombre. Aunque no obtuvo título oficial, llegó a ser una experta socióloga y penalista.
Sería a finales del XIX cuando la mujer obtendría la primera licenciatura en la Universidad española en Ciencias Exactas (1880), Farmacia (1881), y Medicina (1882). En 1888 se autorizó la matrícula femenina en la Universidad sin permiso previo del padre o del marido. Esta medida facilitó el trámite a las escasísimas alumnas que entonces frecuentaban las aulas. Hasta 1910, las chicas que querían estudiar en la Universidad asistiendo a clase, tenían que solicitar un permiso especial a las autoridades académicas.
La legislación sobre la Segunda Enseñanza y Superior de 1868 no limitaba la educación de las mujeres y al no se referirse a ellas, dejaba un vacío que algunas no dudaron en utilizar. En 1872 María Elena Maseras se matriculó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona. Había tenido que solicitar un permiso especial para realizar los estudios de segunda enseñanza y posteriormente los universitarios. Esta iniciativa abre la puerta a más mujeres. De hecho, a partir de aquí distintas universidades españolas cuentan con la presencia de alumnas entre sus estudiantes, después de numerosos trámites y permisos, salvando así la falta de legislación que permitiera a las mujeres de acceder a los niveles académicos superiores.
No obstante, las alumnas no debían asistir a clase. Para poder asistir a clase el catedrático de la asignatura debía comprometerse a garantizar el orden en el aula. La alumna no podía estar por los pasillos, sino en la antesala de la sala de profesores y esperara allí al profesor para ir al aula y volver con él, una vez terminada la clase. En el aula se tenía que sentar en una silla aparte, cerca del profesor.
A finales del siglo XIX eran 36 las universitarias las que finalizaron la licenciatura. De ellas 16 se matricularon en el Doctorado, aunque solo 8 lograron defender su tesis y obtener el título de Doctora. La primera doctora en Medicina fue Dolores Aleu y Riera.
Por otra parte, los estudios no habilitaban a las mujeres para el ejercicio profesional. Para ejercer la profesión correspondiente al título obtenido tuvieron que solicitar, en muchos casos, permisos especiales. En la lucha de las mujeres por el acceso a la Educación Superior y al ejercicio de las profesiones hay que señalar el papel de las que participaron en los Congresos Pedagógicos de 1892, entre ellas Emilia Pardo Bazán y Concepción Arenal.
Finalmente, 1910 es el año en el que se regula la admisión formal de las mujeres en la universidad. El 2 de septiembre de ese año un Real Decreto autorizaba a las mujeres con títulos académicos a ejercer las profesiones, participar en oposiciones y acceder a concursos.
Si queréis conocer otras realidades en la lucha de la mujer por la igualdad, podéis acudir a este enlace.
¿Qué lástima que algunas mujeres y hombres no sepan valorar la importancia del derecho a la educación?